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sábado, 9 de junio de 2012

La Chispa


La semana pasada estalló un conflicto que pudiera parecer menor en una institución privada. El asunto es la renuncia de un alto personero que denunció, entre otras cosas, que el Consejo Directivo prefiere pagar el arriendo del inmobiliario que dicha institución ocupa antes de cancelar los sueldos e imposiciones de los trabajadores. El pequeño detalle –según la denuncia del renunciado personaje- es que la inmobiliaria responde a los mismos dueños que la institución que la contrata. Para clarificar: la Universidad del Mar (ya habrá adivinado el lector de quiénes estamos hablando) prefiere pagar el arriendo de sus sedes a una inmobiliaria controlada por ellos mismos que pagar los sueldos e imposiciones de sus funcionarios.
Hasta aquí, es un caso que –de ser cierto- no da lugar a interpretaciones disímiles, por cuanto se trata de una situación reñida con la ética, e incluso con la ley. Pero, no hay que confundirse, sigue siendo una situación privada, un conflicto que tiene una institución de carácter privada en su interior, y que tendrá que ser investigada y sancionada por las autoridades competentes. Que el negocio en el que se desenvuelve la institución sea el de la educación (dije negocio y educación en la misma oración; va a venir Satanás a buscarme por malvado), para el caso, da lo mismo, porque es un problema entre particulares, y donde todos los involucrados (dueños, directivos, trabajadores y clientes (dije clientes en vez de alumnos, ahora sí que nos cocinamos (?))) tendrán que ser representados correctamente en los estamentos que correspondan.
Pero hay una trampa. En este país, siempre la hay. En este caso, tiene que ver justamente con la naturaleza del negocio, porque la educación se ha convertido en un tema sagrado, casi en el único que se toca en materia de políticas públicas. La trampa es justamente que, de a poco, se avizora que este no es un tema privado. No porque intrínsecamente no lo sea, sino porque los grupos de presión así lo han posicionado. A estas alturas, ni hace falta desenmascararlos, porque se trata de los mismos que vienen tratando de copar la agenda pública desde que se les cortó el elástico el año pasado (o, mejor dicho, desde que el Gobierno generó una reforma al financiamiento de la educación tan grande, que no les quedó otra que quejarse porque sí). Así es: estamos hablando de los estudiantes que ya no quieren estudiar (a lo mejor necesitan vacaciones trimestrales, por eso arman las manifestaciones a partir de mayo), junto con sus dos grandes aliados: los periodistas de sus canales y radios amigas y los políticos oportunistas de turno. A los encapuchados no los cuento porque son en realidad parte del grupo de estudiantes.
La trampa de estos grupos es fácil de adivinar: se aprovechan de cualquier tema vinculado con la educación, por tangencial que sea (repito, por si no quedó claro: este es un asunto entre privados, que debe resolverse de ese modo) para generar caos. Para mostrar su “fuerza”, aunque ella no esté basada más que en cálculos tendenciosos sobre la cantidad de gente que asiste a sus convocatorias. Para desestabilizar la institucionalidad, porque si la verdadera preocupación estuviera en la educación, entonces habrían dialogado gustosos con quienes influyen en ésta. Porque si el eje fuera la educación, entonces no tendrían nada que hacer en el discurso del 21 de mayo. Pero no es así: este monstruo creado por políticos, seguido por estudiantes y alimentado por los medios de comunicación, se cree un influyente actor político, por encima de la institucionalidad democrática.
Esto puede parecer exagerado, aunque el año pasado la chispa la encendió el posible cierre de la UTEM (a propósito, ¿qué tiene que ver eso con el lucro? ¿Y qué tiene que ver el lucro con la gratuidad? ¿Y esta última con la Constitución de 1980?). Ojalá lo sea. De todas maneras, es mejor pecar de exagerado que de laxo. Pregúntenle a la ex presidenta Bachelet. Aunque esa es otra historia. 

jueves, 10 de mayo de 2012

El Auto del Rector


El rector llegó a trabajar, como todos los días, en su auto de alta gama, de propiedad fiscal (el rector trabaja en una universidad pública, y utiliza para transportarse un vehículo pagado por los impuestos de todos los chilenos). Ingresó a su oficina después de las 10 de la mañana –vaya horario para comenzar la jornada laboral, ya quisiera yo levantarme un poco más tarde- y se dispuso a iniciar sus tareas, cuando le avisaron algo que le produjo crispación: unos desconocidos le estaban quemando el auto.
Cuando fue a verlo, grande fue su molestia al enterarse de la trágica realidad; un grupo de personas apedrearon los vidrios del coqueto Volvo que utiliza el rector para movilizarse (el cual no maneja él; faltaba más. Le provocaría estrés tener que conducir por la Alameda a esa hora). Más tarde, prendieron fuego en el interior del automóvil, para terminar lanzando bombas molotov en el mismo. ¿El resultado? El interior del móvil calcinado, y ahora hay que conseguirle otro (qué asco debe ser para él tomar el metro para volver a casa).
Lo anterior es el relato de un atentado terrorista. Ni más ni menos. Un grupo de encapuchados ataca posesiones ajenas, violentamente, hasta destruirlas, causando conmoción en los afectados. El rector, de hecho, lo calificó de terrorismo, y anunció querellas (a propósito, ¿habrá algo más inútil en este país que repartir querellas? ¿Hay alguien que efectivamente caiga en estas maniobras?). Dijo no sentirse amenazado, y lamentó lo sucedido.
Aquí es necesario hacer una pausa para fragmentar el relato. El personaje mencionado, ya sabrá el lector, es el rector de la USACH, Juan Manuel Zolezzi, y la anécdota del auto es real, y bastante grave (lo sería más si, por ejemplo, hubiesen matado a Zolezzi a bordo del auto, tal y como hicieron con Jaime Guzmán, crimen que fue sistemáticamente mirado en menos por los gobiernos de la Concertación). Pero es tan serio como anunciado: recordemos que este personaje es el mismo que encendió la mecha del “movimiento estudiantil”, como lo llama la prensa genuflexa a sus intereses. El mismo que negó reiteradamente la posibilidad de diálogo al Gobierno en momentos en que el país entero necesitaba gestos de grandeza de parte de los directamente involucrados. El mismo que se molestó porque la policía ingresó sin autorización a la USACH para reducir, precisamente, a los colegas de quienes atacaron a su auto. El mismo que actúa de modo irresponsable, cual anarquista en posición de poder, para captar un par de minutos más de cámaras. Cría cuervos y te sacarán los ojos.
Retomamos la historia. Lo primero que hizo esta persona (a estas alturas, un nefasto personaje para el país) es reunirse con los líderes estudiantiles (a estas alturas, representantes sociales de los comunistas; tienen el mismo discurso partidista y las vetustas técnicas dialógicas de los más viejos). “Bien”, dirá el lector. “Los ex estudiantes darán su apoyo al rector, repudiando a los encapuchados- terroristas; es un gesto de madurez democrática”. Error. Junto con las tibias condenas de rigor, lo único que dijeron fue “no permitiremos que se use esto (el ataque terrorista) para criminalizar el movimiento estudiantil”. O sea, ¡se pusieron en posición de víctimas! Lo único que falta para completar el circo es que la izquierda culpe al Gobierno por lo acontecido, o que los mismos violentistas peguen pancartas por todo Santiago denunciando que todo fue un montaje (esto es lo más gracioso: los tipos son valientes para destruirlo todo, pero cuando tienen que enfrentar a la justicia lloran y acusan montaje en cada caso), y que “el movimiento social” –porque creen que representan a toda la sociedad- sigue en pie. Así de manipulables son los medios. Así de bajo hemos caído.

lunes, 26 de marzo de 2012

Fuerzas Oscuras

Debo confesar que siento un poco más de simpatía por los habitantes de Aysén que por los mal llamados estudiantes (porque si te dedicas a hacer política dejas de serlo) que llenaron la agenda el año pasado. Me parecen más legítimas las demandas próximas y cotidianas que aquellas que tienen que ver con conceptos que no suenan muy propios (no olvidemos que todo el asunto estudiantil empezó como un rechazo al lucro en la educación, y que luego mutó a un sinfín de conceptos diferentes).
Desde un principio, los líderes del llamado Movimiento Social por Aysén (título del periodismo de izquierda para otorgar representatividad universal a ese puñado de sureños que protestaban), se mostraron como lo que son: sencillos pobladores, humildes vecinos que se preocupaban por los problemas de la región sin perder su impronta de sureños, su bonhomía ni su parsimonia frente a la vida, que es aquello que los deja como tan simpáticos frente al resto de la gente. Mientras eso sucedía, los diarios señalaban que el Gobierno “monitoreaba la situación” con mucho interés, pero que no habían respuestas concretas por parte de las autoridades.
Cuando los cortes de caminos (esto es un eufemismo; no sólo hubo cortes de caminos, sino también barricadas y violentas manifestaciones, tan violentas que una persona murió porque los manifestantes no dejaron que la ambulancia que la transportaba pudiera pasar hasta el lugar donde se dirigía) provocaron desabastecimiento, entonces los medios se aprestaron a mostrarnos a los aiseninos que insistían en que ese era el camino y que los sacrificios resultaban necesarios, mientras quienes estaban desesperados por los saqueos –olvidé mencionarlos, es que ya se están haciendo parte de la cultura nacional- y la imposibilidad de llevar una vida normal eran, lógicamente, obviados. Pero mientras la violencia se tornaba cada vez más radical, con sucursales en Santiago incluidas, los líderes se exhibían de la misma manera que al principio, incluso se mostraban partidarios del diálogo y el entendimiento.
He aquí una contradicción vital: un movimiento radicalmente violento, pero con líderes muy pacíficos ante la opinión pública (recordemos, para distinguir, que los cabecillas del movimiento estudiantil llegaron a justificar la lucha armada y la quema de buses del Transantiago en el momento más aciago del conflicto). Esta contradicción tiene dos respuestas: o Iván Fuentes, el líder del movimiento que hace las delicias de la prensa de izquierda, es un capo de las comunicaciones, un mago del marketing y un genio de la estrategia, o hay oscuros grupos detrás de las movilizaciones, que no responden sólo a los líderes que salen en la TV. Sí, adivinaron: tengo la poderosa sospecha de que grupos afines a los comunistas –los mismos que le pagan a Camila Vallejo todos los meses para que aparezca en diversas marchas, las cuales han visto bastante mermadas sus convocatorias- están detrás de todo esto, orquestando manifestaciones, entregando poderoso material incendiario e intentando resquebrajar el débil ambiente de entendimiento que pareciera lentamente apoderarse de la región. Esta es, señores, la nueva forma de hacer política por parte de los políticos tradicionales. ¿Es ilegal? Por supuesto, porque utiliza la violencia y la extorsión para conseguir objetivos. Pero es efectiva. Lo es, en parte, porque cuenta con la complicidad de ciudadanos que parecen encantados con el sonido de sirenas que provocan las barricadas, los saqueos y el rompimiento del orden. Y también lo es porque las fuerzas de lo legal están atadas de manos en este rancio y pesado ambiente donde se confunde la libertad con el libertinaje, y donde ciertos derechos tienen prevalencia sobre otros. Vaya paradoja: los seguidores de Víctor Jara son los que resquebrajan el derecho de vivir en paz.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Análisis de medios 2. Los canales de televisión

  Hoy nos toca repasar el más entretenido de los análisis de los medios de comunicación, acaso porque hablamos del más masivo. Así es, hoy centraremos el foco en los canales de televisión, particularmente en las noticias que éstos entregan.
Canal 13 (7). Con poco, es de lo mejorcito del medio local. Entrega noticias breves, sin dedicarle demasiado tiempo a un tema en particular (algo que puede verse particularmente en el deporte), ni a un actor específico dentro de ese tema. Dentro de ese desfile fúnebre que parecen ser los noticiarios, trata de ser menos negativo y un poco más equilibrado que el resto. Le juega en contra la sobreexposición del área de prensa en la programación del canal (¿alguien cree que es necesario entregar las mismas noticias una vez cada hora?) y la duración del noticiero central, aunque ese es un problema generalizado que se expande como una peste en Chile.
Canal 24 Horas (5). ¿Les sorprende? A mí también (?). Lo que llama la atención es que un canal que se supone funciona al alero de otro lo haga de manera tan distinta a éste, máxime si su encargado de contenidos es Alejandro Guillier, otro de los gurúes de la ética periodística. El caso es que, salvo para los noticieros que se transmiten en simultáneo con TVN, Canal 24 Horas muestra variados temas, con una cobertura algo parcial, pero que tampoco es tan escandalosa. O sea, un tuerto en el reino de los ciegos.
Mega (5). El mejor ejemplo de la mediocridad de los noticiarios en Chile es que éste ocupe el tercer lugar en el presente ranking, posición sustentada por su alta calificación en neutralidad, pese a su baja calidad, la que está decorada por la cantidad de noticias inútiles y reportajes de relleno. A su favor, se insiste, está en que cada actor relevante en un tema determinado obtiene más o menos la misma atención.
Chilevisión (4). El noticiero más exitoso de la actualidad es un reguero de sangre. La farándula hecha noticias, pero no al estilo de Las Últimas Noticias, que como se dijo acá, banaliza todo, sino que con un particular método de seguimiento informativo que involucra una visión cruda de lo que sucede, pero sin profundidad alguna. Su cobertura deportiva, que obtiene buenos niveles de evaluación, es sesgada y larguísima. Pero la gente lo pondera positivamente, igual que al movimiento estudiantil.
TVN (4). Polémico canal, que refleja en sus noticias una línea editorial impropia para una emisora pública. Periodistas con compromiso político (los comentarios de Mónica Pérez en la edición de la tarde son para archivarlos, así como las sesudas reflexiones de Amaro Gómez-Pablos en el noticiero central), escasa objetividad en el abordaje de las noticias (sobre todo en temas polémicos), desbalanceo de temas (aquello que es incómodo para el Gobierno puede tomar el 50% del noticiero) y reportajes que manifiestan que –en 20 años de Concertación- el entrenamiento de los periodistas resultó muy exitoso.
La Red (4). Las noticias de La Red son relativamente jóvenes. Pero eso no las exime de ser evaluadas. En este caso, no salen muy bien paradas, principalmente porque cuentan entre sus filas con dos periodistas que gozan de la simpatía de ciertos círculos más por su fama de “alternativos” que por su calidad, la que –por cierto- escasea.
CNN Chile (3). Gran decepción: el brazo chileno de la reputada CNN no es más que el brazo televisivo de la radio Bío Bío, y ya sabemos que nada bueno puede provenir de tal sitio. CNN Chile muestra las noticias con la misma mala leche que TVN; es decir, con una visión subjetiva de la nota, entregándole espacio a cualquier actor irrelevante y restándole a los trascendentes, pero con el agravante de que dan noticias todo el día. Además, el ejercicio de leer la huincha que aparece en la parte inferior de la pantalla es una invitación al suicidio, por lo negativo del enfoque que dan a sus informaciones. Periodismo de trinchera disfrazado de seriedad y objetividad, y respaldado por una marca poderosa. ¿Qué puede ser peor?
UCV Televisión (3). Señoras y señores: esto es peor. Un canal de escasos recursos, que torpedea todo el tiempo a través de periodistas figurones, poco rigurosos y con abierta hostilidad hacia todo lo que no esté representando a la izquierda, pero que además hace participar a la gente, haciéndose eco de los inteligentes y ponderados argumentos (?) del zurderío que los ve. Como si esto fuera poco, tienen 2 ediciones noticiosas juntas, lo que resulta en un concentrado de malalechez. Un espanto.
  Como siempre, aclaramos que las calificaciones son de 1 a 10, y que vuestra participación enriquece el debate.   

lunes, 24 de octubre de 2011

Análisis de medios. Hoy, los diarios

  Como se nos acabó la creatividad (?), hoy empezamos una sección nueva. En realidad es una serie de entradas destinadas a analizar una industria tan poderosa como poco cuestionada: los medios de comunicación.
  El repaso comienza con los medios escritos, tal vez los menos entretenidos de analizar, tanto por su escasez como por la homogeneidad que parece que manifiestan, aunque yo sostengo que no es así.
  Antes de iniciar, un par de aclaraciones: al costado de cada medio, aparece una calificación, la que es completamente subjetiva. Esta nota resume calidad y objetividad, así que cualquier crítica o apelación, en los comentarios. Por otro lado, el resumen de los medios escritos involucra sólo diarios de circulación nacional, que son bien pocos.
El Mercurio (7). Es –probablemente- el periódico de circulación nacional más prestigioso y completo del país (también el más caro). Reúne un sinfín de cuerpos temáticos, con tratamientos completos de la información de los distintos tópicos. Los fines de semana incluye también revistas; algunas muy leídas (Sábado), y otras que probablemente no lee nadie (Domingo en Viaje).
  Se ha acusado a El Mercurio de un montón de cosas. Desde poseer una línea editorial marcadamente derechista, hasta casi haber participado en el movimiento que derrocó a Allende (hay un documental que lo reseña, “El diario de Agustín”. Supongo que el diputado Jiménez querrá que sea material básico en los colegios, tal como propuso con “Los archivos del cardenal”). Lo cierto es que El Mercurio mantiene una línea conservadora, pero dando espacio a todos los actores (que un cuasi extremista como Carlos Peña escriba en él, es una prueba fehaciente), desde su tratamiento de las noticias, hasta el espacio que da a todas las visiones en cartas y editoriales. Lo único que le baja la nota es su exagerada extensión y su línea editorial deportiva, donde todo lo objetivo se va al carajo (?).
La Tercera (7). Parecido al anterior, pero más resumido. Es un poco más liberal en su línea editorial, y algo más sensacionalista en sus portadas. Tal vez su gran plus es un sitio en internet muy completo, que integra medios audiovisuales a los contenidos escritos de manera más eficaz que su competidor directo.
La Segunda (6). Es el único de la saga vespertino, lo que lo obliga, cuando no hay noticias importantes, a ser bastante sensacionalista en sus portadas. Tiene un cariz marcadamente político, donde da cabida a variados puntos de vista, pese a que ha demostrado un giro a la izquierda lento, pero sostenido durante los últimos meses. Como todo el periodismo nacional, por lo demás.
La Cuarta (5). Permítanme una licencia: La Cuarta es el más original de los diarios nacionales. Tiene el doble desafío de contar historias y codificarlas en un lenguaje popular sin perder el tono informativo. Injustamente despreciado por el registro de habla que utiliza, su tendencia a banalizar toda clase de noticias es lo que le hace perder calidad, aunque –la verdad sea dicha- en un clima de tensión permanente como el actual, tal vez no sea una mala idea.
  El periódico en cuestión tiene un cariz bastante más izquierdista que La Tercera, tal vez por esa pretensión de acercarse “al pueblo”.
Las Últimas Noticias (4). Es La Cuarta pero con un mejor lenguaje y la trivialización de absolutamente todo. Para los periodistas de LUN, nada es importante, todo es banal. Al igual que La Cuarta, con quien compite por un público similar, tiene un cariz más hacia la izquierda que El Mercurio, como lo demuestran notas como esta.
La Hora y Publimetro (3). Para tratar de competir con el anterior, es necesario bajar bastante la calidad de lo que se escribe. Pocas páginas, con notas poco elaboradas y bastante poco equilibradas. Pareciera que los periodistas de TVN hacen escuela aquí. Adivine por qué.
  Fueron excluidos The Clinic, El Ciudadano y Cambio 21, por tener una periodicidad máxima de una vez a la semana, y por ser, derechamente, pasquines. Cualquier aporte, bienvenido sea.

miércoles, 19 de octubre de 2011

No + lucro

  Así es. Yo también me pliego a la frase de moda (aunque sospecho que llegué un poco tarde; como que entre las Fiestas Patrias y la toma de poder por parte de grupos de violentistas radicalizados al movimiento estudiantil se anduvo diluyendo la cosa en el hablar popular). Me sumo porque estoy indignado –otra palabra que seguro me hace quedar cool- como supongo debieran estarlo todos los que han seguido con mínima atención el tema.
  Hace algunas semanas,  una denuncia de un canal de televisión (que, por cierto, no era TVN, pues probablemente en esa estación televisiva, la denuncia no habría pasado el corte de la línea editorial “pluralista y objetiva” que se impone en el área de prensa) destapó la existencia de cientos de exonerados políticos falsos; esto es, personas inexistentes que cobran pensiones al Estado por el hecho de haber sido perjudicados laboralmente durante el Gobierno Militar. Los dineros, era que no, irían a parar en gran parte al Partido Comunista (ya decía yo que era imposible que los encapuchados y ponedores de bombas se financiaran con su idílico trabajo donde los dejan no asistir en días de protesta).
  Este parece un caso de corrupción más, como varios que ocuparon portadas de diarios durante los gobiernos pasados; no olvidemos que estos personajes aparecieron, principalmente, durante la presidencia de Bachelet. Sin embargo, destapa un tema que bien vale la pena discutir, y que tiene que ver con lo siguiente: ¿por qué el Estado debe mantener –muchas veces de por vida- a miles de personas, existan o no, por el solo hecho de haber sido perjudicados durante un periodo de la historia de Chile? Es decir, además de mantener una planta estable de funcionarios (muchos de los cuales hoy “atornillan al revés” o sencillamente no trabajan), los impuestos de todos los chilenos sirven para que personas que no prestan servicios al aparato público vivan a costa de éste.
  Pero más allá de lo anterior, tampoco parece justo que se reciba una compensación económica por acciones ejercidas por aparatos del Estado en tiempos pretéritos, independientemente del tipo de acciones que sean. Es altamente probable que las incorrectas decisiones del gobierno de Frei, a propósito de la Crisis Asiática de fines de los 90, hayan dejado sin trabajo a miles de compatriotas, pero esas personas no reciben pensiones por ello. Ok, se puede decir que el tema de los Derechos Humanos es más delicado, pero por eso mismo no puede ser reducido a una ayuda económica, porque se superponen el hecho y la compensación en niveles que no son comparables.
  El problema con todo esto es que detrás del tema de los Derechos Humanos (no sé por qué lo escribo con mayúscula, tal vez el apóstol Paulsen lo enseñe en sus clases de ética periodística) es que se reduce a un negocio. ONGs que actúan como grandes corporaciones, dedicadas a mantener el tema lo más visible que se pueda, de manera de generar millonarias ganancias a partir de violaciones a los DDHH que se cometen sólo en una parte del mundo (no creo que Human Rights Watch o Amnistía Internacional hayan actuado con tanto ahínco en Cuba o Venezuela como en Chile) y que mantienen vivos a sus cabezas. Millonarios shows, conferencias y acciones públicas, con el afán de seguir lucrando a partir de los Derechos Humanos.
  Ese es el lucro que me indigna. Porque manipula derechos que debieran ser universales. Porque algunos ganan dinero pero siguen manteniendo el odio. Y porque, digamos las cosas de frente, estamos ante la presencia de la industria de los Derechos Humanos. Una de las más aceptadas y lucrativas del mundo.

lunes, 10 de octubre de 2011

La farsa del plebiscito: lo que todos saben y nadie dice

  La información oficial dice que “diversas organizaciones sociales” han convocado para un plebiscito nacional por la educación para el 7 y 8 de octubre. Seguramente, los mismos medios que difundieron la noticia hablarán de una “masiva participación”, aunque ésta resultase ser incluso menor que la que han tenido las últimas manifestaciones convocadas por la Confech (seamos serios: aunque los cálculos de dudosa calidad de Camila Vallejo resultasen verídicos, 100 mil personas en una ciudad de más de 6 millones de habitantes es una cifra bastante menor). Es altamente probable que los periodistas difundan profusamente los resultados de tan ejemplar acto de civismo, los que pueden predecirse con extremada facilidad.
  Seguramente, los verdaderos artífices de lo que siguen llamando “el movimiento estudiantil”, pese a que de estudiantil tiene bastante poco, gastarán tiempo, dinero y espacio en señalar enfáticamente que lo que la gente quiere es una educación pública, gratuita y de calidad fuerte y garantizada por el Estado (de tanto escucharlas, las consignas salen de memoria ya), y que el Gobierno (atrapado por grupos de interés de la extrema derecha (esta es nueva, se la escuché al diputado Montes)) no quiere escucharlos. Ergo, el Gobierno es el intransigente.
  Señores, todo lo anterior es un relato. Una historia perfectamente montada, sigilosamente construida y lógicamente ensamblada. Su único problema es el siguiente: es falsa. Es falsa porque lo que han dado en llamar pomposamente plebiscito no es más que una encuesta presencial y vía web, con claros sesgos de representatividad. Es falsa porque quienes participaron son los que están detrás de las exigencias de los partidos políticos a quienes los estudiantes les sirven como bandera de lucha (votar legitima el proceso, aunque se sufrague en contra). Y es falsa porque la manera de generar las preguntas resulta totalmente sesgada, tendenciosa e ignorante.
  Sobre este punto, una pequeña reflexión: si me preguntan en una encuesta, obvio que quiero todo gratis. Si me lo preguntan como debe ser –esto es- explicándome cómo y quiénes van a participar del financiamiento y los beneficios, es más probable que no me convenga, y que por ende vote en contra. El sufragio, al ser un acto libre, soberano e individual, responde mucho más a motivos particulares que a lo que los instigadores del movimiento estudiantil han dado en llamar el bien común.
  El “plebiscito por la educación” es –o fue, mejor dicho- una farsa. Lo sabe el Gobierno, lo saben los estudiantes, lo sabe la sociedad. Pero los periodistas, que parecen encantados con todo el proceso, lo ocultan. Y son capaces de hacerle creer a la gente hasta que la votación en la que participaron es vinculante, y que el Gobierno está cayendo en una ilegalidad por no tomar en cuenta los resultados. Así estamos.